Una experiencia inmersiva es una obra en la que el público no solo mira, sino que entra: todo el espacio se vuelve la experiencia. Es también una forma de marketing sensorial, porque el color, la escala y la luz cambian la manera en que las personas sienten un lugar. El pasillo de siempre, el atrio de un edificio público, el escaparate de un centro comercial: de repente, quien pasa está dentro de otra cosa, y se detiene.
En el Tribunal de Justicia de Paraná, en Curitiba, en el sur de Brasil, el atrio del edificio se convirtió en un jardín abierto al público durante dos meses, en homenaje al Día de la Madre. Flores gigantes de organza en rosa, durazno y naranja, con mariposas, se encendían cuando la luz natural atravesaba los pétalos, y jueces, funcionarios y visitantes se detenían a fotografiarse frente a un panel de rosas blancas. En el Shopping Crystal, también en Curitiba, la exposición “Bem me Quero” marcó el regreso del estudio a Brasil después de una temporada en Estados Unidos: rosas gigantes de papel crepé italiano y un letrero de neón ocuparon el escaparate principal.
En una nueva sede del Colégio Positivo, cerca de 50 hojas gigantes en amarillo, coral y rojo bajan desde una altura de 15 metros, como hojas de otoño cayendo sobre la ludoteca. Y en la tienda de decoración Vanessa Taques, en Curitiba, una rosa de 3 metros terminó en el techo de la sala, junto a una nube de flores blancas.
Instalación artística, experiencia inmersiva o escenario de marca: en todos los casos, la escala se diseña para el espacio, y el espacio pasa a ser el motivo de la visita.